Llevo desde el 21 de junio sin publicar. No porque no tuviera nada que decir. Precisamente porque estaba ocurriendo demasiado y necesitaba observar antes de hablar.
A principios de enero empecé a hacer un registro de acontecimientos internacionales. No buscaba demostrar ninguna teoría, ni encontrar respuestas rápidas, ni convencer a nadie de una determinada forma de ver el mundo. Simplemente sentí la necesidad de observar qué ocurría si dejaba de mirar cada noticia como un hecho aislado y empezaba a contemplarlas como parte de un mismo proceso. Desde entonces fui anotando guerras, tensiones diplomáticas, movimientos económicos, crisis energéticas, inteligencia artificial, incendios, terremotos, migraciones, visitas de dirigentes, cambios dentro de la Iglesia, conflictos fronterizos y muchos otros acontecimientos que aparecían casi a diario. Pensé que estaba registrando noticias. Hoy creo que, en realidad, estaba registrando una época.
Lo primero que me llamó la atención fue la velocidad. Apenas comenzábamos a comprender un acontecimiento cuando otro ocupaba inmediatamente su lugar. La atención cambiaba de dirección constantemente. Lo que ayer parecía trascendental hoy ya había desaparecido de las conversaciones. Sin embargo, las consecuencias seguían ahí. Las guerras continuaban. Los incendios seguían arrasando territorios. Las decisiones económicas seguían llegando a nuestras casas. La inteligencia artificial seguía avanzando. Los países seguían moviendo posiciones. Solo había cambiado nuestra atención. Y empecé a preguntarme si el verdadero fenómeno de nuestro tiempo no era cada noticia por separado, sino la velocidad con la que dejamos de mirar.
Después ocurrió algo que no esperaba. Dejé de observar únicamente lo que estaba pasando en el mundo y empecé a observar lo que ese movimiento estaba provocando en las personas. Cada vez escuchaba más cansancio, más irritabilidad, más confusión, más necesidad de desconectar, más personas diciendo que preferían apartarse del ruido porque sentían que ya no podían procesar todo lo que ocurría. Al principio pensé que eran situaciones individuales. Con el paso de los meses empecé a preguntarme si no estaríamos viendo también el impacto de un contexto que cambia mucho más deprisa de lo que somos capaces de integrar.
Vivimos en una época donde casi nada permanece quieto durante demasiado tiempo.
Cambia la tecnología, cambian las relaciones internacionales, cambian los modelos económicos, cambia la forma de comunicarnos, cambian los liderazgos y cambia incluso la manera en que construimos nuestra opinión. Nunca antes una persona corriente había tenido que procesar, casi en tiempo real, tantos acontecimientos globales mientras intentaba seguir llevando una vida normal: trabajar, cuidar de su familia, pagar sus facturas, educar a sus hijos o simplemente llegar a fin de mes. No creo que hayamos nacido más frágiles. Creo que estamos intentando adaptarnos a una velocidad para la que nadie nos preparó.
Durante décadas crecimos con la sensación de que, a pesar de las crisis, existía un suelo relativamente estable sobre el que proyectar nuestra vida. Hoy esa sensación empieza a resquebrajarse. No porque el mundo vaya a acabarse, sino porque muchas de las referencias sobre las que construíamos nuestra seguridad están cambiando al mismo tiempo. La tecnología avanza más deprisa que nuestra capacidad para comprender sus consecuencias. La economía modifica formas de vida que parecían estables. Los países redefinen posiciones. Las instituciones buscan adaptarse. Las fronteras vuelven a ocupar un lugar central. La información ya no circula: nos atraviesa. Y mientras tanto seguimos buscando certezas con herramientas que fueron útiles para otro momento de la historia.
Creo que ahí aparece una de las mayores fuentes de incertidumbre de nuestro tiempo. El ser humano necesita referencias para orientarse. Necesita una cierta continuidad para construir su vida. Cuando muchas de esas referencias cambian a la vez, no solo se transforma la política o la economía. También cambia la forma en que pensamos, la manera en que nos relacionamos, la confianza que depositamos en las instituciones, la percepción del futuro y hasta la manera de entender quiénes somos dentro de todo este movimiento.
Quizá la mayor ilusión de nuestra época no sea creer que controlamos el mundo. Quizá sea creer que podemos seguir viviendo igual mientras el mundo ya ha empezado a cambiar. Y cuando esa ilusión se rompe aparece algo profundamente humano: la incertidumbre. No porque el futuro tenga que ser peor, sino porque ya no podemos interpretar el presente únicamente con las certezas del pasado.
No creo que estemos asistiendo simplemente a una sucesión de acontecimientos. Tengo la sensación de que estamos atravesando una transición de una profundidad poco habitual. Una etapa en la que un modelo todavía no ha terminado de desaparecer y el siguiente aún no ha terminado de definirse. Y vivir entre dos épocas siempre resulta incómodo. Buscamos respuestas definitivas en un momento en el que casi todo se está reorganizando. Nos aferramos a seguridades porque necesitamos estabilidad, pero la realidad continúa moviéndose aunque nosotros deseemos que se detenga.
Después de siete meses observando he comprendido que mi verdadero objeto de estudio nunca fueron solo las guerras, la política o la geopolítica. Siempre fuimos nosotros. Cómo responde un ser humano cuando siente que el suelo deja de ser firme. Cómo busca certezas cuando aumenta la incertidumbre. Cómo protege o entrega su capacidad de pensar. Cómo se relaciona con quien piensa diferente. Cómo decide entre reaccionar o comprender. Porque los grandes cambios de la historia no solo transforman fronteras, economías o tecnologías. También transforman la conciencia de una sociedad.
No tengo respuestas definitivas. Ni creo que nadie las tenga. Cuanto más amplio observo el tablero, más consciente soy de que nadie puede verlo por completo. Ni gobiernos, ni analistas, ni medios, ni plataformas. Pero sí hay una conclusión que me acompaña después de estos meses: la conciencia no consiste en saber más noticias que nadie ni en tener una opinión sobre todo. La conciencia empieza cuando recuperamos la capacidad de observar antes de reaccionar, de relacionar hechos que aparentemente no tienen conexión, de aceptar que podemos cambiar de opinión cuando aparecen nuevos datos y de comprender que el pensamiento crítico no consiste en llevar la contraria, sino en conservar la libertad de pensar incluso cuando el ruido nos empuja a elegir un bando.
Quizá el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea adivinar qué ocurrirá mañana. Quizá sea aprender a sostener la incertidumbre sin renunciar al pensamiento crítico, sin perder la humanidad y sin dejar que el miedo decida por nosotros. Porque los cambios de época no preguntan si estamos preparados. Simplemente llegan.
Y, tarde o temprano, todos tendremos que responder a una única pregunta: cuando todo empezó a cambiar... ¿qué decidí cultivar dentro de mí para no perderme por el camino?
— Matilde Trejo García
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