Respirar de ti. De J.S.
Sin razón. Sin tiempo. En el espacio de los pasos que confiaban todavía en el presente mientras drenaban la tristeza inevitable. Brutal, imprevista, haciendo la zancadilla cuando mirabas arriba buscando el cielo del enésimo laberinto, cuando te parecía haberlo intuído detrás de cuatro nubes rotas. La rabia es negra y profunda como el pozo de todos tus vértigos. Como el odio que vomitas por la boca cuando llegas a casa y las paredes gritan auxilio a tu destemplado corazón. Has dejado de ser la complaciente, la de sonreír bonito, la que todo lo entiende, todo lo perdona, para convertirte en la que reconoce la herida, que llama hoy para mostrar el dolor antiguo, el dolor callado, el dolor no permitido, como si estuviera pariendo un monstruo que le rasga el pecho como fuego helado. La que no perdona, al menos no hoy, al menos no ahora, que si pudiera se arrancaría la piel y la historia y las ahogaria al mar. La que decide no hacer daño a nadie pero se enfunda los guantes de boxeo y descarga sin tregua los puños contra el saco inerte, la que se abrocha los sueños sin piedad. La que se permite decir en voz alta la rabia y la pena, con el corazón en la boca, sin que le laven después esa boca con jabón. La que supura hielo mientras el antibiótico le quema las entrañas, la que sabe que no tiene ninguna otra manera de volver a tener el alma limpia, la piel preparada para coser con calma la cicatriz, la que cerrará bajo llave la grieta que ha conseguido doblarla. Una grieta, una marca que también amará algún día, muy seguro. Cómo todas las otras.
Tuyas, amadas, imperfecciones.
Jon Salinas.
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