Según Pérez-Reverte, "cuando miras la Guerra de España desde fuera, está muy claro que el bando legítimo es el republicano y el ilegítimo el golpista". Sin embargo, dice, "cuando te adentras y ves a quienes a veinte metros se tiran granadas y paquetes de cigarrillos o se llaman "hijoputa", entonces cambia la perspectiva y ya no está tan claro eso de los buenos y los malos".
Nada más lejos de mi intención que enmendarle la plana a tan ínclito escritor, pero, y aun a riesgo de ser yo quien se equivoque, no creo que el comportamiento individual de los soldados enfrentados en un conflicto constituya un elemento determinante a la hora de valorar la legitimidad de las partes en cuestión (por más que lo de los "hijoputa" sea, sin duda, un argumento de peso). Creo, más bien, que este tipo de razonamiento nos deja al descubierto el gran problema del que, como analista, adolece siempre nuestro testosterónico autor: el infantilismo. Y es que, aunque pretenda aparentar lo contrario, Pérez-Reverte, al igual que un niño pequeño, es incapaz de asumir la complejidad del mundo y de los seres humanos. Igual que un niño, necesita que "los buenos", para ser buenos, le sean presentados como santos y que "los malos", para ser malos, sean demonios. Como esto nunca ocurre, la consecuencia lógica, para él, es evidente: no hay buenos ni hay malos. Al no ser capaz de comprender que los adultos no razonamos así, que no necesitamos que haya santos ni demonios para ,mediante un proceso intelectual algo más complejo y elaborado, identificar a los "buenos" y a los "malos" de diferentes desencuentros, no tiene más remedio que colocarnos, desde su púlpito construido por el cuñadismo patrio, un "porque" donde, en realidad, hemos colocado un "a pesar de".
Señor Pérez-Reverte, nadie piensa que en la Guerra Civil hubiera buenos y malos porque hubiese santos y demonios; pensamos que había buenos y malos a pesar de que no existan santos ni existan demonios. Porque una guerra no se analiza juzgando a cada uno de los cientos de miles que combaten. Porque para ser bueno no hay que ser perfecto. Y porque no hace falta comer niños en el desayuno para merecer el repudio de los buenos. Basta con dar un Golpe de Estado contra una democracia y sumir a un país en el terror durante cuarenta años.
J.Basurco.
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