... Y las mayorías fueron perdiendo referentes, autoestima, memoria... hasta que se convencieron de que las cosas no podían ser de otra manera.
La soledad, la sensación de que ahí afuera no había nadie para ayudarte... el endeudamiento que te encadena a la rueda de la obediencia.
La ausencia de un relato alternativo, la multiplicación de formas de entretenimientos inacabables: el fútbol, el béisbol, películas, series, las drogas, ... que terminan haciéndote creer que Matrix es la realidad y terminas encontrando argumentos para creer que los perros son mejores que las personas, porque es que aveces parece que es verdad. Y el problema no es que te duelan tus perros, el problema es que no te duelan las personas y que termines construyendo un caparazón donde tu alma y tu corazón solo se miden en virtud de lo que sientes de la frontera de tu piel para adentro.
Dicen algunos que la guerra cultural no es relevante pero se equivocan profundamente. Claro que la economía es la herramienta, y el objetivo, devolverle el alma y el corazón a la humanidad que los ha perdido. Y para eso la economía debe ser algo que nos pertenezca a todos, incluso cuando es privada; nadie tiene derecho a agotar el agua aunque pueda pagarla, tu casa, claro que es tuya, pero no puedes prenderle fuego porque afectaría a tus vecinos.
Si volvemos a los bienes públicos, a lo común, volveremos a sentir en común. Por eso la energía, el agua, los mares, el aire.. no pueden ser mercancías privadas, por eso nadie debe enriquecerse con las necesidades de vivienda o de comida de los demás, si con eso les condena a vidas deterioradas.
Porque nadie tiene derecho a deteriorar la tierra ni a calentar más el planeta por una mirada cortoplacista de lo que es la vida y de lo que nos espera.
El alma y el corazón no son mercancías, y cuando las mercantilizan, el alma se empozoña y el corazón se vuelve de piedra.
J.C.
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