Más allá de la ideología política, hay algo que la trasciende: la dejación, las malas gestiones, la corrupción, los discursos de odio. No son fallos de un color político u otro, son fallos de personas. Personas con sus errores, sus neuras, sus egos, sus ambiciones, sus sesgos.
La ideología es el mapa: qué camino tomamos para hacer crecer un país, qué modelo de sociedad queremos construir. Es legítimo discrepar ahí, es sano tener visiones distintas de futuro.
Pero después está el factor humano individual, y ese no entiende de ideologías. Quien gestiona con torpeza, quien antepone su ego al bien común, quien corrompe lo público para beneficio propio, quien alimenta el odio para ganar terreno... eso no es de izquierdas ni de derechas. Es simplemente una persona fallando, a veces por incompetencia, a veces por ambición desmedida, a veces por pura mezquindad.
Confundir ambos planos es peligroso: nos hace disculpar la corrupción propia como "estrategia" y condenar la ajena como "esencia ideológica". Separar la idea del error humano que la ejecuta es el primer paso para exigir algo tan simple como decencia, gestión honesta y respeto, venga de donde venga.
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