Aprendí que desde una perspectiva únicamente racional no podía entender el mundo ni vivir plenamente. La razón siempre me fue de gran ayuda, pero no podía ignorar las necesidades que sentía, así como los impulsos, las necesidades y los deseos que tenía o que dejaba de tener.
Entendí que para vivir en equilibrio tenía que apoyar mi vida en un trípode en vez de en un pedestal. Prácticamente no hay ninguna irregularidad del terreno a la que no se pueda adaptar una estructura de tres puntos.
Busqué y busqué, pero no encontré el equilibrio hasta que no abandone los pedestales y empecé a pensar en trípodes. En trípodes que se sostienen sobre la razón, la emoción y la motivación; tres grandes mecanismos de adaptación psicológicos que me ayudaron a trascender, a crecer, a entender y a vivir en paz.
Algunas personas, cargadas de buena fé, me explicaron lo que ellos habían hecho para solucionar sus problemas o para imprimir un giro en sus vidas, convencidos de que si a ellos les habia funcionado, a mí también me funcionaría. Lo que ignoraban, era que mi contexto era diferente del suyo... Y, irremediablemente, sus consejos no me sirvieron más que para frustrarme.
Entonces dejé de buscar soluciones y empecé a buscar inspiraciones.
Me di cuenta de que mis análisis eran muy superficiales y de que lo superficial esconde engaños. Ignoraba algunos detalles, me focalizaba en otros, contaminaba la realidad con mis inferencias, miedos, expectativas y con un sinfín de condicionantes y sesgos. Trataba de engañarme, de proyectar las culpas o de minimizar las consecuencias negativas. De esta manera, no hacia más que ir de error en error, de decepción en decepción, de dolor en dolor.
Entonces entendí que la clave está en deconstruir.
Adaptado de Wabisabi. Tomás Nv.
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