domingo, 31 de mayo de 2026

Después de la paz, vino el infierno para las mujeres.

Cuando Berlín cayó en 1945, el fin de la guerra no trajo la paz. Trajo algo peor. Para millones de mujeres en Alemania y Europa Central, el verdadero infierno apenas comenzaba en un continente en ruinas donde los hombres habían muerto o estaban en campos de prisioneros. En las casas solo quedaban ancianos, niños y ellas. Totalmente desprotegidas ante la llegada de los ejércitos aliados.

Los historiadores calculan que alrededor de dos millones de mujeres alemanas fueron violadas en los meses posteriores a la capitulación. No hablamos de excesos aislados de unos pocos soldados indisciplinados; fue una violencia sistemática, diaria y brutal. Quien se resistía, terminaba con un tiro en la cabeza en mitad de la calle.

El impacto de esta barbarie dejó marcas genéticas y sociales imposibles de borrar. Casi medio millón de niños nacieron fruto de estas agresiones. Los hospitales colapsaron; las salas de operaciones se convirtieron en fábricas de abortos de emergencia para mujeres desesperadas. Ya en los años cincuenta, el gobierno alemán tuvo que registrar a más de 37,000 niños sin apellido paterno, mientras que miles más terminaron en el anonimato de la adopción.

Las cifras, cuando se desglosan, hielan la sangre. Al Ejército Rojo (fuerzas militares de la URSS) se le atribuyen más de un millón de violaciones. Las tropas estadounidenses acumulan unas 190,000 y los británicos cerca de 45,000. Nadie tenía las manos limpias. En Viena se contaron 100,000 víctimas, muchas agredidas una y otra vez. En Stuttgart, los soldados arrastraban a las mujeres a los túneles del metro para turnarse con ellas antes de ejecutarlas.

Pero el pánico absoluto se desató cuando los soviéticos cercaron Berlín. De los casi tres millones de habitantes que quedaban en la capital, dos millones eran mujeres. El rumor de lo que venía haciendo el Ejército Rojo corrió tan rápido que las berlinesas empezaron a saturar los consultorios médicos, no buscando ayuda, sino veneno. El cianuro se convirtió en el bien más cotizado del mercado negro. Preferían morir a caer en sus manos.

Hubo episodios de una crueldad difícil de procesar. En la ciudad de Dantzig, los soldados encerraron a cientos de mujeres en una catedral para violarlas en masa; algunas sobrevivientes declararon haber sido agredidas más de treinta veces. En Nysa, el objetivo fueron las monjas: 182 religiosas católicas fueron violadas y 66 quedaron embarazadas. A las que intentaron defenderse, las fusilaron allí mismo.

La tragedia salpicó otros rincones de Europa, como Nápoles, donde se registraron 60,000 agresiones tras la llegada de las tropas. Dejaron atrás una generación entera de niños con rasgos extranjeros cuyos padres desaparecieron al día siguiente.

Resulta una hipocresía monumental que los países bajo cuyas banderas se cometieron estas monstruosidades sean hoy los mismos que se erigen como los grandes defensores de los derechos humanos y la dignidad de las mujeres. Intentaron sepultar el horror bajo el relato de la victoria, pero la historia tiene memoria.
Datos históricos.

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