domingo, 3 de mayo de 2026

LA MENTIRA QUE NOS CONTAMOS PARA NO HACERNOS CARGO

LA MENTIRA QUE NOS CONTAMOS PARA NO HACERNOS CARGO

Hubo un tiempo en el que creí que todo se resolvía mirando hacia atrás: entender, sentir, nombrar. La niña interior, las heridas, la historia. No lo hice a medias. Lo hice en serio. Y sí, entendí mucho. Puse orden donde había confusión, encontré sentido a lo vivido, supe explicar de dónde venía cada cosa. Pero en lo importante, en lo que ocurre cuando la vida aprieta, nada cambiaba. Había una distancia incómoda entre lo que comprendía y lo que hacía con eso. Durante mucho tiempo no supe ver que esa distancia no se resolvía con más explicación.

Esa distancia dejó de ser algo personal cuando empezó a verse fuera. Mismas palabras en bocas distintas, misma narrativa sostenida con convicción, misma sensación de estar profundizando… y, sin embargo, la vida en el mismo punto. Personas con años de “trabajo personal”, pasando por múltiples propuestas, acumulando enfoques, lenguajes, interpretaciones: herramientas de todo tipo, prácticas que prometen ordenar, explicar o sanar, corrientes que lo envuelven todo en un discurso aparentemente coherente. Todo tiene sentido por separado. Pero en conjunto, no ordena: se superpone. No es profundidad. Es acumulación sin dirección.

Cuando entran en juego traumas complejos, esto deja de ser un tema ligero. Estamos hablando de personas que han tenido que organizar su vida desde la supervivencia, no desde la elección. Ahí no basta con cambiar el lenguaje ni con ofrecer marcos más amables. Ahí hace falta sostén real. Y no todo el mundo que acompaña lo tiene. Porque palabras bonitas puede usar cualquiera. Recolocar la percepción también es fácil. Basta con ofrecer otro relato, otro contexto, otra forma de mirar. Pero dar sentido no es lo mismo que dar salida. Y cuando se interviene sin esa profundidad, lo que se genera no es transformación, es más confusión, más dependencia y más distancia entre lo que la persona siente y lo que cree que debería sentir.

 Esto no es anecdótico. Se ha convertido en un fenómeno que se replica. Espacios, talleres, formaciones que sostienen ese mismo marco y lo expanden. Personas —muchas mujeres, también hombres— que llegan muy tocadas, buscando comprenderse, buscando un lugar donde sostenerse, y encuentran estructuras que les ofrecen explicación, pertenencia y lenguaje. Y eso alivia, sí. Pero también fija. Porque el relato no desaparece, se sustituye. Se afina, se vuelve más consciente, más elaborado. Pero sigue cumpliendo la misma función: explicar sin exigir un movimiento distinto. Se habla más, se siente más, se comparte más… pero no necesariamente se vive de otra manera.

En ese contexto ocurre algo más, casi imperceptible si no se observa con atención: la proyección constante.
 Experiencias propias que se colocan sobre otros, interpretaciones que se dan por válidas sin comprobarlas, relatos que se comparten y terminan siendo asumidos como propios. Lo que uno siente, el otro lo reconoce; lo que uno nombra, el otro lo adopta; lo que uno interpreta, el grupo lo valida. Y poco a poco se va construyendo una especie de relato compartido donde los límites entre lo propio y lo ajeno se difuminan. No es que se mienta. Es que se mezcla.

 Cuando eso ocurre en personas que ya llegan con estructuras complejas, el efecto no es menor. La persona no solo intenta entenderse a sí misma, sino que empieza a sostener también partes que no le pertenecen. Y eso, lejos de aclarar, complica aún más el proceso.

Hay algo que a mí incluso todavía me es incómodo decir. No porque no esté ahí, sino porque también he estado en ese lugar y sé lo que cuesta verlo, o dejar de no verlo. No todo el que entra en estos procesos quiere realmente salir de donde está. Dice que sí. Lo cree incluso. Pero cuando llega el punto en el que ya no se puede sostener desde el relato, cuando la explicación ya no sirve y aparece la necesidad de colocarse de otra forma, ahí muchos se detienen. No es que no puedan. Es que no están dispuestos a perder el lugar desde el que se entienden. Y entonces el proceso continúa, pero en bucle. Se cambia de espacio, de método, de lenguaje. Pero no se cruza. Desde otras miradas se diría que la propia sombra termina absorbiendo a la persona, no como algo místico, sino como una dinámica en la que el relato acaba teniendo más fuerza que la capacidad de sostenerse fuera de él.

De atravesar ese recorrido, de verlo en uno mismo y de observarlo durante años en otros, nace una forma distinta de mirar y de acompañar. Más simple en apariencia, pero más exigente en lo esencial. No se trata de pintar nada de rosa ni de sostener explicaciones interminables. Se trata de ver lo que hay y de poder permanecer ahí sin moverse hacia el relato para aliviarse. Porque llega un punto en el que no hace falta entender más. Hace falta dejar de sostener lo que ya no sirve, aunque no haya todavía una versión mejor a la que agarrarse.
Y hay momentos en los que, cuando lo ves de verdad, no hay nada más que añadir.

Te deja entero.
Y ya no hay dónde ir.

Matilde Trejo García
Raíz Viva 
Agente de Cambio Social
Lectura de procesos humanos y sociales
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