Siempre intentaste apagar mi luz para que la tuya brillara, y tu condescendencia ante mis desgracias llegó a convencerme de que me estabas ayudando. Pero más adelante empecé a percibir tu regocijo interno cuando seguidamente me contabas tus logros y virtudes.
La culpa no fue tuya; actuabas desde tus propias heridas, tus carencias y tus limitaciones.
Y tampoco fue culpa mía, porque las heridas tienen eso: a veces nos hacen permanecer demasiado tiempo en lugares que nos dañan.
Tú actuabas desde tus heridas; yo permanecí atrapada en las mías.
Entenderlo no borra el daño, pero ayuda a dejar de repartir culpas.
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