Ceuta: el primer aviso de un nuevo orden mundial…según mi opinión.
.Sigue el conflicto. Y cada vez resulta más evidente que Ceuta no es únicamente el escenario de una disputa territorial o diplomática. Puede ser, también, una pieza en un tablero mucho más grande.
.Como era de esperar, la derecha ya ha encontrado la manera de convertir la crisis en munición política. Manifestaciones por toda España, banderas al viento, llamamientos patrióticos y hasta la ocurrencia de llevar embarcaciones de recreo hasta las puertas de las playas de Ceuta para demostrar quién es más español que nadie. La patria, una vez más, convertida en espectáculo.
.Porque de eso parece tratarse: de instalar en el imaginario colectivo la idea de que defender España significa salir a la calle, gritar más alto que el vecino, agitar una bandera y señalar como antipatriota a quien no comparta la misma consigna. Una vieja fórmula que siempre funciona cuando lo que interesa es sustituir el análisis por la emoción. Pero mientras unos organizan manifestaciones, otros juegan una partida mucho más seria.
.El Gobierno español debería exigir a la Unión Europea una respuesta clara. Ceuta no es una frontera cualquiera: es frontera española y, por tanto, frontera europea. No puede la Unión permanecer mirando hacia otro lado cuando una de sus fronteras exteriores se encuentra sometida a una presión que puede tener consecuencias mucho más amplias.
.Y resulta todavía más preocupante observar cómo determinados gobiernos europeos parecen interesados en alimentar la tensión en lugar de contribuir a rebajarla. Italia es un ejemplo que merece atención. Europa no puede permitirse que cada Estado juegue su propia partida cuando lo que está en juego afecta a la seguridad del conjunto. Porque quizá todavía no hemos comprendido la dimensión del problema.
.Después de Netanyahu y Trump, ¿alguien sigue pensando que estamos ante simples movimientos aislados? ¿De verdad creemos que todo lo que está sucediendo en el mundo responde a casualidades independientes?
.El estrecho de Gibraltar es demasiado importante como para contemplarlo únicamente desde la perspectiva española. Es una de las grandes puertas estratégicas del planeta. Quien tenga capacidad para influir sobre él tendrá una posición privilegiada en el Mediterráneo, en el Atlántico y en las rutas comerciales y militares que comunican ambos espacios. Y ahí aparece España. Y ahí aparece Sánchez. Pero, sobre todo, ahí debería aparecer Europa.
.Porque si España es debilitada, Europa también lo será. Y si Europa permite que sus fronteras, sus territorios estratégicos y sus intereses fundamentales sean utilizados como piezas de negociación por terceros, habrá dejado de ser un actor geopolítico para convertirse en el escenario donde otros deciden. El problema es que el viejo orden internacional se está desmoronando delante de nuestros ojos.
.Las grandes potencias vuelven a hablar el lenguaje de las áreas de influencia, de los territorios estratégicos, de las fronteras que pueden modificarse y de los países que pueden convertirse en moneda de cambio. La época en la que parecía existir un consenso internacional sobre determinadas reglas empieza a parecer cada vez más lejana. Y en esa nueva partida nadie quiere llegar el último.
.Trump quiere ampliar su espacio de influencia. Rusia mira hacia los territorios que considera parte de su esfera histórica de seguridad. Israel continúa defendiendo y ampliando sus intereses en un Oriente Próximo cada vez más convulso. China observa. Europa duda. Y mientras tanto, el tablero cambia. Lo verdaderamente inquietante es que ya ni siquiera parece existir la necesidad de disimular.
.Durante décadas se habló de diplomacia, de cooperación internacional, de soberanía y de respeto a las fronteras. Hoy, las grandes potencias vuelven a comportarse como si el mundo fuera un gigantesco tablero de ajedrez en el que los países pequeños y medianos son piezas sacrificables. Y España corre el riesgo de convertirse en una de ellas.
.Porque si a esta situación internacional añadimos una derecha española dispuesta a convertir cualquier crisis exterior en una batalla interna por la bandera, el resultado puede ser explosivo. Mientras unos buscan enemigos dentro, otros pueden estar mirando hacia fuera. Ese es precisamente el peligro. Que terminemos discutiendo entre españoles sobre quién ama más a España mientras otros deciden qué España les interesa.
No deberíamos equivocarnos de enemigo.
Ceuta necesita a España. España necesita a Europa. Y Europa necesita entender, de una vez por todas, que la defensa de sus fronteras y de sus intereses estratégicos no puede depender de los impulsos de una potencia extranjera, de las ambiciones de otra ni de los intereses electorales de quienes convierten el patriotismo en una herramienta de confrontación.
El mundo está cambiando. Y quizá Ceuta no sea el final de nada. Quizá sea el principio del todo.
El Bellotero .